Auster seduce desde su primera línea gracias a esa prosa prodigiosa que regala al lector en cada una de sus publicaciones, una narrativa ágil, falsamente sencilla y repleta de ironía vital y cinismo existencial. Sus personajes crecen desde la nada, desde su insignificancia, para mostrarse como entelequias de realidad inextricable que nos muestran arquetipos deconstruidos de una sociedad auténtica, sin juegos baratos de escapismo literario.
Y "Brooklyn Follies" es un compendio de todas esas virtudes, un cajón de sastre en el que todo cabe gracias a la capacidad de prestidigitador de Auster, capaz de indagar en lo más profundo del ser humano, en sus miserias y sus anhelos, en sus sueños y, por supuesto, en sus pesadillas, pero, sobre todo, en las maravillosas incoherencias de las que todos tratamos de huir, sin percatarnos de que son precisamente ellas las que nos hacen únicos.
Paul Auster lo sabe, y sus personajes se benefician de ello, deambulando por la prosa del escritor estadounidense con gracilidad y sin boato, directos a la yugular del lector, que disfruta de historias en aparencia sencillas, por cercanía a nuestra propia existencia, pero con una auténtica carga de profunidad filosófica y psicológica.
Nathan Glass, el protagonista y narrador de "Brooklyn Follies", acaba de acceder al olimpo de mis personajes literarios inolvidables, por su autenticidad, por su capacidad de sobrellevar la vida según le viene, desde su propio nihilismo arrinconado por las circunstancias del devenir diario y de su interacción con los secundarios, de nombre que no de facto, que aderezan una novela que no olvidarás fácilmente.

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